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Izquierda Socialista de Valladolid en la defensa de los Servicios Públicos

ES LA DEMOCRACIA, ESTUPIDO

Antonio García Santesmases*

Catedrático de Filosofía Política de la UNED   
El Mundo, 24 mayo 20110
 
Se ha citado tantas veces la frase que ha quedado  olvidado el contexto en el que se produjo. Recordémoslo. Bush padre había triunfado sobre Sadam Hussein y había decidido proclamar el siglo veinte como el siglo americano. Nadie podía imaginar que tras la caída del comunismo pudiera ser derrotado en las elecciones de 1.992; todos daban por supuesto un segundo mandato y, sin embargo,  un joven candidato demócrata comenzó a hablar de los problemas de la gente y  provocó un vuelco electoral. América podía ser muy grande y el siglo podría ser americano pero la situación interna del país reclamaba una atención inexcusable a los problemas de la gente corriente, a esos problemas que no estaban en la agenda internacional, pero sí condicionaban la vida cotidiana del americano medio.


 
Visto lo ocurrido los últimos días a uno le dan ganas de preguntar: ¿sabemos  realmente lo que estamos haciendo? Confieso que desde hace muchos años no he visto un espectáculo tan obsceno como el que estamos viviendo. Creo que son muchos los que comparten la misma percepción. Se están dando por evidentes tantas cosas que dudo  que tengamos alguna claridad  sobre las consecuencias de las decisiones que se están tomando.


 
Reconstruyamos la historia. Un candidato electoral a la presidencia del gobierno se presenta en la sede de los sindicatos y promete que jamás tomará ninguna medida sin contar con el apoyo de las organizaciones sindicales. Estamos en febrero del 2.008.  Ha sido una legislatura muy dura por los problemas derivados de la memoria histórica, por la negociación fallida con ETA, por el estatuto catalán y  por la reforma en los derechos cívicos. La derecha política no ha cejado en su papel de oposición; la calle ha sido tomada por la jerarquía de la Iglesia y la derecha social ha logrado golpear sobre la figura del presidente del gobierno.


 
En todo ese contexto al menos una noticia parece positiva. La economía está en buenas manos; nadie podrá decir que Zapatero ha improvisado; ha delegado todo el poder en un ministro de los gobiernos de Felipe González, que ha ganado el debate televisivo a Pizarro y encuentra toda clase de parabienes en el mundo económico y financiero. Solbes asiste también al mitin donde se promete solemnemente que no volverán los tiempos anteriores, que no repetiremos la triste historia de los años ochenta y noventa cuando se fracturó la antaño familia socialista entre el gobierno y el movimiento sindical.


 
A lo largo de estos dos años una y otra vez se la ha conminado al presidente del gobierno a ser un líder de verdad, a mirar por los intereses nacionales, a asumir  la impopularidad imponiendo medidas crueles pero necesarias; sólo el que es capaz de confrontar con los más próximos es digno de llegar a los altares de los grande dirigentes. Recordemos el debate reciente en el congreso del partido socialista en Andalucía entre Felipe González y Candido Méndez donde la moderadora elogiaba la contundencia del anterior presidente frente a la pasividad del actual. Los líderes se miden por la capacidad de asumir riesgos y Zapatero estaba paralizado esperando a que escampara.


 
Pues bien entre unos y otros, entre las críticas internas y el misterioso dictado de los mercados ya lo han logrado. Ya han conseguido que el presidente del gobierno se desdiga de sus promesas electorales, se enfrente con su base social y  rompa con sus aliados estratégicos. La sorpresa viene de  que los que le conminaban a actuar de esta manera tampoco le aplauden; ahora insisten en que había que haberlo hecho antes, que ha demostrado su incompetencia y que es el momento de presentar la dimisión y marcharse o, al menos, de convocar elecciones generales.


 
Y el problema es que si todo fuera tan sencillo, si todo fuera producto de la incompetencia del equipo económico del presidente, y  fuera seguro que con estas medidas vamos a recuperar el crecimiento económico, vamos a acabar con el paro, vamos a salir de la crisis, mucha gente por fin respiraría. Sería incluso posible reclamar la solidaridad de los instalados frente a los excluidos.


 
El problema es que las medidas de congelar las pensiones, parar las obras públicas, bajar el salario de los funcionarios, controlar el gasto de la ley de dependencia, son todas ellas medidas que no sabemos si son la interrupción provisional de un modelo o son, por el contrario, el preludio de algo mucho más grave. Ya no se oculta que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades no sólo los españoles sino todos los europeos desde hace muchos años; ahora se proclama que todos los elementos del modelo social europeo deben ser puestos en cuestión.¿ por cuanto tiempo?. Nadie lo sabe. Sólo nos dicen (el señor Trichet) que es la crisis más grave desde la primera guerra mundial.


 
Si es así es para echarse a temblar porque hay que poner encima de la mesa dos guerras mundiales, el Gulag, el Holocausto, Hiroshima. Pongamos que se trata de algo más modesto, que sólo se trata de poner fin al Estado del bienestar. Pongamos que se quiera decir que ya no volverá a ver pleno empleo, que es imposible la redistribución de la riqueza, que es impensable la democracia económica, que no hay posibilidad de tener garantías laborales, que hay que adelgazar el Estado, que acecha la privatización de los servicios públicos, y que nuestras pensiones corren un serio peligro.


 
Si esto es así, y  cualquier lector atento podrá confirmar que no otra cosa es la que transmiten los líderes europeos, entonces hay que ser consecuentes y darnos cuenta de que no estamos ante un problema económico, estamos ante algo mucho más grave, estamos ante un problema civilizatorio. No hay que remontarse a la primera guerra mundial para recordar  que el Estado del bienestar nace de un pacto entre la derecha y la izquierda, entre los empresarios y los sindicatos, entre socialdemócratas y democristianos, para evitar la fractura social de la Europa de los años treinta.


 
Hay que volver a  recordar que en aquella Europa el liberalismo quedó puesto radicalmente en cuestión por el fascismo y por el estalinismo. Eran muchos los que pensaban que las democracias liberales no sobrevivirán al siglo de los extremos. Y a pesar de todo sobrevivieron y ganaron al nazismo y al fascismo y a pesar de ello Churchill, que había ganado una guerra, perdió las elecciones. Y comenzó un nuevo mundo, gracias a Keynes y a Beveridge, como explica muy bien Ignacio Sotelo en un libro reciente sobre el origen, el apogeo y el declive del Estado Social.


 
El pacto entre la democracia competitiva de partidos y el Estado del bienestar keynesiano ha constituido la gloria del modelo europeo, los treintas años de la denominada época dorada. Cuando se acepta que los mercados dictan la política, que la soberanía es una quimera, que los sindicatos son organizaciones anacrónicas, hay que recordar esta historia para darse cuenta que nos estamos jugando el futuro de la democracia.


 
No pudo volver la vieja democracia liberal tras la segunda guerra mundial  porque no eran posibles las dos naciones, porque la clase trabajadora había sido decisiva para acabar con el fascismo y  porque los derechos económico-sociales eran una conquista que las distintas fuerzas del espectro político aceptaban. Cuando hoy vemos como algunos jalean estar en una España intervenida y otros disfrutan cuando los líderes incumplen sus promesas electorales hay que recordar lo elemental. No es lanzando a los parados contra los funcionarios, ni a los trabajadores contra los inmigrantes como se consolida una democracia. La democracia requiere virtudes cívicas donde es imprescindible la solidaridad. Sin ella no es factible la cohesión social. Pero la solidaridad no se puede fundar en un mundo donde la élite de poder va aumentando continuamente su riqueza mediante toda clase de medidas financieras y fiscales mientras los funcionarios, los trabajadores con empleo, los sindicalistas, los médicos y los profesores, son  los que aparecen ante la opinión pública  como unos privilegiados.


 
Los clásicos de la sociología se quedarían impresionados viendo lo que nos está ocurriendo. Los responsables de la crisis se blindan más y más; los líderes políticos pierden toda autonomía mientras se les retuerce la mano; la soberanía salta por los aires; y los que aparecen como privilegiados son los que están sufriendo las consecuencias de la crisis. Evidentemente no las están sufriendo como las sufre el trabajador en paro, el excluido o el inmigrante sin papeles, pero lograr que la batalla sea entre los oprimidos, enfrentando a unos contra otros, es el último prodigio al que estamos asistiendo.


 
Un prodigio que puede seguir asentando el triunfo de las derechas políticas en Europa, que puede propiciar la victoria de la derecha política en España, pero que tiene un problema, que están poniendo en juego las bases de esa misma democracia. Europa, la Europa ilustrada y cosmopolita, la Europa que recogió lo mejor del liberalismo, la Europa que supo llegar a un acuerdo entre democristianos y socialdemócratas, se fundo en el recuerdo de una terrible guerra y en la convicción de que las instituciones políticas liberales no sobrevivirían auspiciando la desigualdad, fomentando el  privilegio y practicando la insolidaridad. Sólo domesticando el capitalismo pudieron hacer que la democracia arraigara; hoy  estamos asistiendo al proceso contrario, hoy  vemos como los mercados arrodillan a la política y por ello  tenemos que preguntarnos por el futuro de la democracia. Esa es la cuestión, estúpido, esa es la auténtica pregunta.

 
*Antonio García Santesmases, es miembro fundador de Izquierda Socialista-PSOE

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