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La política y los políticos: Atrapados en la demagogia


   “Perdón, soy político”: no es expresión caricaturesca; son palabras que muy probablemente diga quien, dedicándose a la política, se presente ante alguien. La disculpa, por delante, como para amortiguar el golpe de la presunción de incompetencia, de parasitismo o de posible corrupción que el prejuicio socialmente dominante hace recaer sobre los políticos en general. Mal anda la política cuando una situación como la esbozada no es exageración fantasiosa. Doy fe, desde la experiencia personal, de que no lo es. Lo hondo que ha calado la mala opinión sobre la política y el desprestigio de los políticos lo pude comprobar, sin que fuera una sorpresa, pero sí asombrándome de cómo se me manifestaba, cuando volvía a mis tareas académicas tras casi ocho años de cargo público –cinco de ellos como diputado en el Congreso-. Me encontré entonces con la felicitación de colegas y buenos amigos, no ya por el retorno a la vida universitaria, ¡sino por dejar la actividad política! Agradecí las expresiones de afecto, pero fue dura experiencia constatar así la escasa valoración de la política y la mala consideración de los políticos. Penoso. Pero no toda la culpa de lo que experimentaba como lamentable cabe echarla, obviamente, sobre las espaldas de quienes me deseaban lo mejor, aunque lo dijeran como si uno viniera de lo peor.


   Si, más allá de anécdotas biográficas, vamos a fuentes más objetivas en las que recabar datos acerca de la valoración social de la política y los políticos, ahí tenemos los resultados del CIS, que de manera reiterada exponen, ante la misma opinión pública sondeada, lo que para ésta es tercer problema de España: la “clase política”. Sintomático y preocupante a la vez. No obstante, diré que igualmente es sintomático y preocupante cómo parece que se realizan los estudios del CIS a ese respecto: ¿desde qué presupuestos ideológicos se da por hecho que todos los políticos constituyen una “clase”? Aun habiendo comportamientos corporativos y prácticas de casta endogámica, ¿no es sospechoso hablar de “clase política” ocultando la realidad de clases de nuestra sociedad? ¿Por qué un estudio presuntamente científico sucumbe al tópico de que todos los políticos son (negativamente) iguales? ¿Qué se diría si, por ejemplo, el colectivo de los médicos fuera tratado desde el supuesto, que sería injusto además de grotesco, de que todos son matasanos? ¿O si se preguntara sobre los jueces deslizando la sospecha de que son prevaricadores? La demagogia –puede inferirse- hace mella en los mismos estudios de los que cabría esperar conclusiones para combatirla.

 

   Pero vayamos al grano de la crisis de la política y del malestar existente respecto a quienes se dedican a ella. El caso es que vivimos en un momento en que la política está mal vista y los políticos, desprestigiados. Obligado es recordar que la situación no es del todo nueva, pues ha sido una constante histórica que los políticos hayan estado sometidos a un juicio público nada favorable. La ciudadanía siempre ha sido recelosa frente a quienes se han movido en los ámbitos del poder, desde los cuales se toman decisiones sobre vidas y haciendas de los individuos, con frecuencia injustas. Ha abundado y sobreabundado lo que ya Sócrates, según Platón puso en su boca, denunciaba como “simulacro de política” en vez de verdadera política, aquella orientada hacia el bien de la ciudad según criterios de justicia. Sin embargo, hoy, en nuestra democracia –que, como toda democracia que se precie, cuenta con una libertad de juicio, de crítica y de expresión que en la antipolítica de una dictadura no se da ni por asomo-, encontramos un nivel de desafección respecto a la política y de rechazo hacia los políticos verdaderamente preocupante. Por fortuna, no llega a cuestionarse abiertamente la democracia, pero sí que se somete a implacable juicio, y no siempre desde atinadas claves de análisis, el funcionamiento de las instituciones democráticas. En nuestra democracia parlamentaria no se puede pasar por alto la crisis de la representación política que la aqueja. Ella erosiona la legitimidad de esas instituciones y obliga a soluciones para recomponerla. No va a ser fácil, pues a esa erosión de la legitimidad de origen de los representantes políticos se añade el socavamiento de la legitimidad de ejercicio a causa de la constatación de la impotencia de la política frente a los poderes económicos, respecto a los cuales queda en posición totalmente subalterna. La crisis económica agudiza la crisis política.


   Un factor añadido a esa dinámica en la que los políticos se ven denigrados es el modo en que el fundamentalismo de la austeridad recae sobre las instituciones democráticas. Con precipitadas propuestas de disminución de concejales en los Ayuntamientos o de mengua del número de diputados en parlamentos, por no hablar de incautas proclamas sobre supresión del Senado, se ha entrado en la demagogia del ahorro en cargos públicos, dando a entender de camino que se pueden suprimir porque venían siendo superfluos. Tal demagogia –discurso falso que halaga los oídos de aquellos a quienes quiere persuadir- siembra desafección sobre el caldo de cultivo de una despolitización interesadamente potenciada desde la que se puede ir a parar a planteamientos antipolíticos de corte fascista. El peligro es real.



   ¿Cómo superar ese círculo vicioso en el que una demagogia rampante acosa a la democracia menospreciando la política y denostando a los políticos? ¿Difícil? Por una parte están quienes se dedican a dirigir injustamente el resentimiento social acumulado hacia mujeres y hombres volcados en la cosa pública con verdadera vocación de servicio y con sacrificio de su tiempo, de su energía y de su vida privada. Por otra, los hechos de una tozuda y muchas veces escabrosa realidad, yendo desde la corrupción y los abusos hasta la incompetencia de algunos, se vuelven contra los intentos de regenerar la vida política –a veces hasta en bienintencionadas comisiones parlamentarias de investigación cuyo desarrollo, como es el caso de la de los EREs en el parlamento andaluz, la ciudadanía puede acabar percibiendo como carente de la suficiente seriedad-.

 

   Con todo, lo importante y urgente en medio de las batallas en que estamos es devolver a la política su dignidad y reconocerla en quienes honestamente se dedican a ella. Para ello valen como palabras de aliento las del poeta Charles Bukowski, quien no se mordió la lengua para criticar a políticos de su país volcados en medrar, pero que a la vez dejó escrito: “el problema, por supuesto, no es el Sistema Democrático,/son las/partículas vivas que componen el Sistema Democrático”. Hay, ciertamente, problemas estructurales –democracia en los partidos-, pero no seamos nosotros el problema: seamos partículas vivas de una democracia que necesita de la ciudadanía, empezando por los políticos que han de representar dignamente a sus conciudadanos.



José Antonio Pérez Tapias

(miembro de Izquierda Socialista-PSOE)
(Publicado en el diario Granada Hoy el 26 de agosto de 2012)

 

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