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Izquierda Socialista de Valladolid en la defensa de los Servicios Públicos

Giner de los Ríos y la educación

MARIO BEDERA BRAVO
Vicepresidente de la Comisión de Educación y Ciencia del Congreso y diputado por Valladolid y Secretario Provincial de Educación del PSOE de Valladolid
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EL pasado 18 de febrero se cumplieron noventa años del fallecimiento de Francisco Giner de los Ríos. Es difícil exagerar la importancia que Francisco Giner y las instituciones que nacieron bajo sus auspicios tienen para el progreso de la sociedad española, especialmente la de su empresa más ambiciosa y de mayor repercusión: la Institución Libre de Enseñanza.
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Creada en 1876 como expresión de rechazo ante la situación cultural y científica de la época, y en especial ante la aguda crisis y penuria intelectual que dominaban la Universidad española, la Institución fue mucho más que una propuesta pedagógica alternativa. Representó, ante todo, un compromiso por la regeneración, que hacía de la educación el instrumento de cambio social en una España atrasada. No por casualidad el periodo de vigencia de la Institución coincide casi con exactitud con la llamada Edad de Plata de la cultura española (1868-1936).
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Este compromiso se materializó también, por inspiración de Giner de los Ríos y sus discípulos, principalmente Bartolomé Cossío, en la creación de instituciones públicas tan importantes como el Museo Pedagógico de Instrucción Primaria, el Instituto de Reformas Sociales, la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, la Residencia de Estudiantes, el Instituto-Escuela, la Estación Marítima de Zoología y Botánica Experimentales de Santander, el Instituto Central Meteorológico, el Centro de Estudios Históricos e incluso el inicio del movimiento de Extensión Universitaria que unos años después, en 1898, tomaría carta de naturaleza en la Universidad de Oviedo.
. Francisco Giner no conoció el auge de alguna de estas iniciativas, ni tampoco el final de la mayoría de ellas tras la Guerra Civil. Especialmente, no fue testigo del ignominioso decreto que en 1940, un cuarto de siglo después de su muerte, ilegalizó la Institución Libre de Enseñanza «por sus notorias actuaciones contrarias a los ideales del Nuevo Estado», según decía la disposición. Ese «Nuevo Estado», consecuente con su decisión de ilegalizar la ILE e incautarse de todos sus bienes, toleró la destrucción de buena parte de sus fondos documentales. Hasta el arbolado del jardín de su sede, en la madrileña calle de Martínez Campos, fue talado brutalmente.
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Pero el legado de Giner de los Ríos fue mucho más allá de las instituciones cuya creación alentó, pues sirvió de base a principios que siguen hoy plenamente vigentes. Principios como la libertad de enseñanza y la libertad de cátedra, piedras angulares del institucionismo. Principios como la coeducación, el racionalismo, la unidad metodológica del proceso de enseñanza, la visión profundamente vital del acto educativo, la experiencia directa, o la enseñanza «ajena a todo espíritu o interés de comunión religiosa, escuela filosófica o partido político, proclamando tan solo el principio de la libertad e inviolabilidad de la ciencia»; palabras estas que abrieron el primer curso de la ILE en octubre de 1876 y que pasaron a formar parte de su ideario.
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Fernando de los Ríos, ministro de Instrucción Pública que puso en práctica como ningún otro dichos principios, los resumía así: «Educación, frente a instrucción; formación, frente a información; reflexión sobre el contenido y significado de los hechos, frente a la mera retención de estos». En víspera de señalados cambios legislativos, no parece una mala descripción de los fines que debe perseguir todo sistema educativo.
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Giner pretendió asentar el progreso de España sobre unas futuras generaciones de ciudadanos más cultos y, por tanto, más libres y críticos; más autónomos y capaces de resistir ante cualquier tipo de adversidad. Ciudadanos que se formaran durante toda la vida como hombres completos, abiertos a todos los ámbitos del saber humano.

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Giner de los Ríos representó también lo mejor de una tradición de respeto y tolerancia; una tradición de lucha constante contra el oscurantismo y la incultura que, a noventa años de su muerte, precisa renovarse cada día.
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Puede que la mejor forma de sintetizar el espíritu que animó durante toda su vida a Francisco Giner de los Ríos sea recordando la respuesta que le dio a Joaquín Costa, cuando este afirmó que :los problemas de España únicamente se resolverían con la intervención de un personaje carismático. «Necesitamos un hombre», dijo Costa, a lo que Giner de los Ríos repuso: «No, necesitamos un pueblo»..

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