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Lo que no cabe esperar de Obama

La revuelta árabe es resultado de décadas de dictaduras corruptas, falta de perspectivas para la juventud, injusticia, desigualdad y ausencia de libertad. Estados Unidos toleró esa vergüenza, pero la llegada a la Casa Blanca de Obama, hijo de un africano musulmán que lanzó en 2009 en El Cairo un canto a la libertad, ha estimulado, quizá sin pretenderlo, a la legión de desposeídos.

 

La prudencia marcó al principio la actitud de Obama ante el tsunami revolucionario, pero soltó lastre justo antes de que sus aliados Ben Alí y Mubarak fuesen cadáveres vivientes. Comparada con la europea, falta de reflejos, la diplomacia norteamericana actúa con habilidad, y abjuró con rapidez del sofisma de que las dictaduras, si son amigas, suponen la mejor garantía de estabilidad.

 

No es que, de repente, cambie la política exterior del imperio, sino que, en defensa de sus intereses estratégicos, se adapta al giro inesperado de la historia, una oportunidad para acabar con el antiamericanismo en la región. Así, un día se abandona al aliado tunecino; al siguiente, al egipcio; al otro se presiona al bahreiní y, por fin, se gradúa la respuesta a la represión salvaje de Gadafi, ante el riesgo de que sea precisa una intervención exterior. En esta última crisis, la más grave de todas, ya en el estadio de sangrienta guerra civil, Obama sostiene que “no es sólo un problema de EEUU” y aboga por que la comunidad internacional “hable [y actúe] con una sola voz”.

 

Los límites de lo que cabe esperar de Obama quedaron en evidencia con el veto en la ONU a la condena a Israel por seguir construyendo asentamientos en tierra palestina. Washington comparte la esencia del texto y ha intentado, sin éxito, torcer la voluntad del Gobierno de Netanyahu en este asunto pero, a la hora de la verdad, dejó claro en qué lado de la trinchera está, pese a que ese conflicto alienta la desconfianza árabe hacia EEUU, desestabiliza la región y nutre la yihad contra Occidente.

 

Esta esquizofrenia puede costarle cara a Obama. Resulta más fácil decir que “lo válido para Egipto debe serlo para Irán” que aplicar esa vara de medir a aliados vitales para defender los intereses económicos del imperio. La auténtica prueba de fuego, si llega allí la revuelta, será Arabia Saudí, gasolinera del mundo y aliado vital, además de Israel, para contener a la república de los ayatolás.

 

LUIS MATÍAS LÓPEZ

blogs.publico.es

 

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