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Izquierda Socialista de Valladolid en la defensa de los Servicios Públicos

POR UNA RESPUESTA PROGRESISTA A LA GLOBALIZACIÓN



Joseph
Stiglitz*
21/05/06


A menudo se ve la globalización como una gran amenaza al "capitalismo con rostro humano". La liberalización del comercio presiona a la baja los salarios poco calificados (y cada vez más, a los calificados), aumentando la desigualdad en los países más desarrollados. A los países que tratan de competir, se les repite una y otra vez que han de incrementar la flexibilidad de su mercado de trabajo, palabras cifradas que significan reducir el salario mínimo y debilitar las protecciones de los trabajadores. La competencia en el mundo de los negocios pone proa a la reducción de los impuestos a los beneficios de las corporaciones empresariales, y en general, del capital, en decremento de los fondos disponibles para sostener inversiones básicas destinadas a la gente y a la red de seguridad. Y acuerdos internacionales como el capítulo 11 del Tratado para el Libre Comercio de América del Norte y las cláusulas sobre la propiedad intelectual de la Ronda de Uruguay han sido usados para cortocircuitar los procesos democráticos nacionales.

Sin embargo, Suecia y otros países escandinavos han mostrado que hay una vía alternativa para lidiar con la globalización. Esos países están sumamente integrados en la economía global; pero se trata de economías sumamente exitosas en punto a seguir suministrando robustas protecciones sociales y mantener elevados niveles de inversiones en los ciudadanos. Han tenido éxito, en parte, gracias a esas políticas, no a pesar de ellas. Pleno empleo y robustas redes de seguridad capacitan a los individuos para aceptar más riesgos (con las recompensas proporcionales), sin tener que preocuparse más de lo debido por la posibilidad de un fracaso. Esos países no han abandonado el Estado de Bienestar, sino que lo han reajustado para enfrentarse a las nuevas exigencias de la globalización. Nosotros deberíamos hacer lo propio.

Al mismo tiempo, tenemos que atemperar la globalización misma: no agazapándonos tras fronteras proteccionistas, ni tratando tampoco de promover el bienestar de nuestros ciudadanos a costa de quienes son aún más pobres en otras partes del mundo. Lo que deberíamos hacer es remodelar la globalización para hacerla más democrática, y moderar su ritmo, a fin de ofrecer a otros países una tregua que les permitiera seguirla. Seguirá habiendo perdedores en una globalización remodelada, pero la gran mayoría de ciudadanos, tanto en el Norte como en el Sur, mejorará con las políticas adecuadas.

Lidiar con la globalización implica reconocer tanto las consecuencias de la globalización, como las limitaciones de las respuestas habituales. Incrementar la educación es importante, pero no basta. Deberíamos introducir una fiscalidad más progresiva, a fin de desbaratar las fuerzas económicas responsables del aumento de la desigualdad, no disminuir el grado de progresividad fiscal como se ha hecho en los últimos cinco años. Tenemos que robustecer, no debilitar nuestras redes de seguridad. Los EEUU tienen uno de los peores programas de seguro de desempleo de los países industriales avanzados. Rediseñar nuestros programas de seguridad social en la línea de un programa de seguridad social que cubra integralmente todo el período vital, de acuerdo con los esquemas de los fondos de previsión de Singapur, podría proporcionar una cobertura aseguradora substancialmente más completa, sin debilitar los incentivos económicos.

Lo más importante de todo: deberíamos tener un compromiso total con el pleno empleo. Los sumos sacerdotes de los mercados financieros han logrado convencer a muchos de los peligros de la inflación, por moderada que ésta sea, sosteniendo que aun leves incrementos en la inflación resultan muy costosos, especialmente para los pobres, y que revertir la inflación es tarea sumamente gravosa. Todo eso son necedades, como tuvimos ocasión de demostrar en sucesivas entregas del Economic Report of the President [Informe económico del Presidente], cuando yo era jefe del Consejo de Asesores Económicos. Hoy debería preocuparnos, no la inflación, sino nuestra falta de crecimiento, que es la causante del gran "déficit de puestos de trabajo". El pleno empleo es la protección social más importante. Incluso el desempleo moderado, incluso un desempleo encubierto (trabajadores desmoralizados, un número creciente de incapacitados y un número importante de gentes que trabajan involuntariamente a tiempo parcial), presionan a la baja los salarios, exacerbando los problemas que ha traído consigo la globalización.

Hay otros dos elementos de una agenda progresista a los que a veces no se presta atención suficiente. El primero es favorecer el ahorro entre los individuos de bajos ingresos, incluyendo subvenciones igualatorias (por ejemplo, mediante créditos fiscales cobrables en efectivo). Algunos conservadores han adoptado la idea de la sociedad de propietarios ?que demasiado a menudo significa simplemente para ellos que quienes poseen más, tienen que poseer más aún?. Pero es importante que los individuos de medios más modestos dispongan de un colchón protector frente a los caprichos tornadizos del mercado.

El segundo es favorecer la inversión en investigación, robusteciendo nuestras ventajas competitivas, tan necesarias para sostener un crecimiento sólido. Hoy, una cantidad desproporcionada de nuestro presupuesto de investigación se gasta en objetivos militares; los fondos para la ciencia básica, o incluso para el progreso de la tecnología aplicada ?que podrían mejorar los niveles de vida y ayudarnos a proteger el medio ambiente?, son escasos.

Los abogados de la globalización suelen pintarla como dispensadora de oportunidades sin precedentes. Para quienes estamos comprometidos con la creación de una sociedad fundada en los principios de la justicia social, también presenta desafíos sin precedentes. Éstos son algunos de los elementos de la respuesta progresista a esos desafíos.


*Joseph E. Stiglitz, es profesor de la Universidad de Columbia, en Nueva York. Ganó el Premio Nóbel de Economía en 2001, y es el autor del libro The Roaring Nineties.

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