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El submundo de los partidos (y la encarnizada lucha de unas primarias)

 

Las elecciones que se avecinan en el PSOE presentan todos los ingredientes para ser un proceso a cara de perro. También hay un populismo socialista, menos socialista cuanto más populista

 

Dista mucho de ser ejemplar el proceso de elecciones primarias para la secretaría general en que ya está inmerso el PSOE. Espero que nadie haga uso de la manida expresión de que los socialistas vamos a dar una lección de democracia. Necesaria la humildad. Igualmente pienso que nadie vendrá con la cantinela de que con estas primarias estamos en una nueva fiesta de la democracia. Nada de eso. Y no hay nada de eso porque es un proceso que viene viciado de origen por haber arrancado con la injustificable conspiración para defenestrar a quien ostentaba la responsabilidad de la secretaría general del partido, por el nombramiento de una comisión gestora que no ha hecho sino ahondar en su déficit de legitimidad, por la interesada dilatación de los plazos para convocar un congreso y por las prácticas alejadas de la transparencia y la neutralidad ante candidaturas concurrentes que acompañan la puesta en marcha de las primarias a las que la militancia socialista va a ser convocada. Desgraciadamente las cosas son así y no hay adorno posible que edulcore la penosa imagen que con todo ello transmite el PSOE a la ciudadanía, atónita ante los modos ventajistas de unos y la campaña de acoso y desprestigio que sufre quien, en su legítimo derecho, anunció su candidatura concitando un más que notable –sorprendente para algunos-- apoyo de amplios sectores de la militancia. Hablamos de Pedro Sánchez. Pero todo lo que ocurre requiere ir al fondo, a la búsqueda de los porqués del espectáculo fratricida en que puede derivar lo que ha de ser limpio ejercicio de participación democrática. 

 

Ciertamente, la política es todo un mundo con su propia lógica, como en el siglo XVI acertó a ver Maquiavelo. No quería decir el florentino que fuera un mundo aparte, pero sí que era, y es, un ámbito en el que rige una lógica propia cuyas premisas principales tienen que ver con el poder: con cómo obtenerlo y cómo conservarlo. El poder es realidad humana, tan humana que sobre ella se concentra la ambigüedad de nuestras realizaciones y la ambivalencia de nuestras capacidades. El poder es palanca para la activación de nuestros potenciales, individuales y colectivos, de cara a nuestra mayor humanización, o el poder es instrumento de dominio en el seno de la realidad social, capaz de inducir procesos de deshumanización que nos lleven incluso a las más bajas cotas de lo inhumano. Por ello, el mundo de la política produce sus propios submundos, como esos sótanos que al descender hacia ellos son la antesala del infierno. Si el mal es el abuso de poder, las distintas plantas de sótano son la gradación de los infiernos hacia el abismo. Es ahí donde la mirada de la ciudadanía tiende a retraerse, apartando la vista por ahorrarse contemplar la zafiedad del espectáculo. 

 

El poder como dominio es muy seductor para quien alcanza una posición en alguna forma privilegiada. Las instituciones políticas, articulando lo político mediante espacios y procedimientos establecidos con la suficiente legitimidad, ofrecen el pedestal desde donde encaramarse para trasmutar el poder como capacidad de hacer a favor de la comunidad en poder como dominio de unos sobre otros o, en el extremo, de uno sobre todos los demás. La ambigüedad de las creaciones humanas propicia que sea fácil transitar de un poder a otro, reduciendo la capacidad a voluntad de dominio. Si hablamos de empoderamiento refiriéndonos al proceso de ganar la posición adecuada para ejercer la capacidad que en cada caso es propia, ya Nietzsche vio cómo resulta pervertido ese empoderamiento desde que se ve reducido a una voluntad de dominio que absorbe toda posibilidad de un poder otro. No es ajena la producción de nihilismo, de sinsentido, a dicho dominio, pues el poder así entendido mata la vida.

 

Con razón, pues, tras Nietzsche, captó Weber que en la política, dada la lógica imperante, el poder dominio, con su carga de violencia, es el que prima. Resignado ante hecho tan aplastante, no dejó de señalar que la política, para no sucumbir a una i-lógica contraria a las indispensables exigencias del invento consistente en el Estado, había de establecer como condición necesaria el monopolio de la violencia legítima. Con todo, la violencia acarreada por el Estado en su más íntimo núcleo es inerradicable, siendo insoslayable medio para asegurar el orden social. El recurso supone, por su propia condición, una constante tentación para el abuso. Por eso, entrar en política, concluía Weber, supone pactar con el diablo. Lo diabólico del poder es su permanente potencial de dominio depositado en todos los intersticios de la arquitectura institucional, siendo tanto más seductora la tentación del abuso en los apartados rincones del subsuelo del mundo político, es decir, al interior de los partidos.  

 

Si el mundo político, en las democracias constitucionales, tiene las salas nobles del edificio en donde se hacen radicar gobiernos y parlamentos, quedan como oscura zona de servidumbre esas otras habitaciones del submundo donde se instalan los partidos, sobre los cuales se hacen recaer la logística e intendencia necesarias para que la maquinaria del poder funcione. Tal funcionamiento lleva anejo el conflicto y la competencia partidaria por los recursos, desde económicos hasta ideológicos, que requiere un protagonismo político enfocado a la conquista de un poder fuertemente disputado. La confrontación política no se da sólo entre partidos que compiten por situarse lo mejor posible en las instituciones –de suyo, aspirando a monopolizar las mismas, por más que ello se encubra con la retórica del pluralismo democrático--, sino que se traslada al interior de los propios partidos. La oligarquía que se constituye en el seno de los mismos –en este caso encubiertas sus pretensiones bajo la cobertura de falsas apelaciones a la participación de la militancia-- funciona aglutinada en torno a intereses comunes a la casta funcionarial a la que da paso una desmesurada profesionalización política. Robert Michels anticipó al respecto su certero diagnóstico. 

 

El submundo de la política en el que los partidos libran sus encarnizadas batallas por el poder interno, acompañadas por la lucha en torno a los recursos financieros para controlar sus instancias decisorias –y ahí radica la crucial importancia de tener el control de las fuentes económicas de la organización, incluidas las que manan por los cauces de la corrupción política, como se constata en los casos que nos llevan a las tenebrosas historias que van desde PP a PSOE pasando por CiU--, ofrece una descarnada panorámica de cómo se ventilan los asuntos propios. A través de ellos está en disputa el control del “aparato” que permite mantener engrasada la organización y controlar el acceso y la presencia en las instituciones, desde instancias caudillistas y mediante procedimientos clientelares, de quienes han de hacer presente al partido en las que supuestamente son instancias de representación de la ciudadanía.  Los resabios del viejo caciquismo no dejan de impregnar los modos que se hacen valer en una interna competición por el poder en la que las apelaciones a la fraternidad no tapan los duros enfrentamientos entre adversarios dentro de un mismo proyecto político que no hacen sino repetir la lógica amigo-enemigo a la que Carl Schmitt, injusta pero realistamente –hasta cínicamente--, redujo la dinámica política. 

 

No hace falta que un partido sea una formación política de vanguardia al modo del partido bolchevique diseñado por Lenin para que la profesionalización política llegue al extremo de que se impongan las particulares expectativas del vivir de la política sobre el vivir para la política –de nuevo el inagotable Weber--, de forma que al competir por el apoyo o por el designio “dedocrático” interno se activen toda clase de ardides para eliminar a contrincantes. Si ello ocurre además en un contexto tal en el que el competidor indeseable es un antiguo secretario general –máximo dirigente del partido-- al que se le derribó de su puesto por los más torticeros mecanismos, no se reparará en gastos, incluidos los de la deslegitimación ante la militancia y el descrédito ante la ciudadanía, para evitar que vuelva a ocupar el puesto del que fue desalojado. Como quedó señalado, es lo que sucede en un PSOE en el cual las elecciones primarias que se avecinan presentan todos los ingredientes para ser un proceso a cara de perro en el que los ladridos ahuyentarán a la ciudadanía y en el que es de temer que primen las carencias en cuanto a transparencia, imparcialidad de los órganos dirigentes, igualdad de condiciones entre candidaturas y ausencia de indebidas presiones sobre quienes quieran avalar a un candidato o vayan a ejercer su derecho al voto. En las próximas primarias para la elección de quien haya de desempeñar la secretaría general se juega el PSOE su ser o no ser. Si se deja que todo se hunda en ese submundo partidario que lastra la vida democrática misma de nuestras sociedades, sólo añadiremos más basura sobre una democracia sumida en el descrédito y sometida a la erosión de la demagogia. También hay, por cierto, un populismo socialista, que cuanto más populista, menos socialista. 

 

José Antonio Pérez Tapias

Es miembro del Comité Federal del PSOE y profesor decano de Filosofía en la Universidad de Granada.


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